miércoles, 3 de julio de 2024

Todas las tardes del sol

He nombrado lírica e idílicamente a la biblioteca de mis padres en un poema, y es que, a falta de toda habilidad para la composición musical o el dibujo artístico, este lugar merecía por lo menos eso. Pasaba tardes de sol, de intenso calor, volcada con las piernas desparramadas en el piso rojo de cemento alisado que se resquebrajaba en una enorme mitad, cuyo surco despertaba siempre la fantasía de un colapso total, un partirse en dos la casa, mi casa, mi única casa. No era la hora de Reyna Reech, lo único potable para una niña de primaria en la señal pública de los '90. Pasaba buenas y largas horas sola, casi sin sentirlo, ahora sé que eran largas, hablando de niñez. En esos tiempos era posible aburrirse sin quemarse el cerebro, porque ahora también es posible aburrirmos, sólo que lo tapamos consumiendo imágenes, de mínima. Había un título en esa biblioteca, que me resultaba por demás interesante, que despertaba mis primeras inquietudes, mis primeras preguntas: "Crítica de la vida cotidiana", de Ana Quiroga y una tal Racedo, de tipografía diminuta, símil mecanografica, como era antes contemplado lo científico. Era imposible leerlo de corrido, me saltaba páginas, y rebuscaba entre algunos párrafos, alguna frase, algo conocido, algo que resultara tangible, porque para entonces lo tangible era lo real. El norte de Salta o de Argentina siempre aparece en un análisis de lo social que se digne de tal. Ahí me sentía con los pies sobre la tierra, leyendo, ahí encontraba algo familiar y a mano, y todo hacía sentido, o de alguna forma remota, pero tangible al fin me nombraba. ¿Yo buscaba que un libro me nombre?.

La niñez de hoy en su abrumadora mayoría se perderá aburrirse y hallarse en un libro, extraño y monoforme, como era ese libro: Crítica de la vida cotidiana... ¿Por qué lo cotidiano habría de cuestionarse? ¿Por qué la vida habría de cuestionarse? Eran las primeras preguntas de una mente de ocho, que ya leía, y que se encontraba con la reflexión sobre lo social, mucho antes de decidir o de creer que se decide qué va a hacer una, por algunas décadas de su vida.

miércoles, 3 de enero de 2024

"Rinoceronte" una película sobre Trabajo Social, con mayúsculas.

En el mundo académico, se escribe "Trabajo Social" con mayúsculas, cuando apelamos a la disciplina, cuando sugerimos formación académica y práctica profesional, excluyendo de este modo a la expresión en la que se envuelven prácticas filántropas, benéficas o clientelares. Para el Trabajo Social, las intervenciones con familias son las que requieren mayor especialización. Comúnmente, las teorías sobre familia y las prácticas de familia, corresponden al quinto y último año de formación disciplinar, luego de cuatro años de prácticas pre-profesionales, cuando ya se han revisado y se han hecho suficientes vínculos dialécticos entre teoría y práctica, cuando ya se ha revisado historia social, teoría social, filosofía, antropología social y cultural, comunidades, grupos, psicología social, psicología evolutiva, entre otras. A esas alturas también se tiene por conocido y asimilado el proceso de intervención del Trabajo Social, al menos en lo teórico, y es aquí donde se lo diferencia del mero hacer, y se lo coloca en el espacio de una intervención fundada. 

En el último tramo de formación disciplinar, avisorando la cuarta y última práctica pre-profesional, es cuando nos adentramos en uno de los aportes teórico-prácticos más ricos del Trabajo Social a las Ciencias Sociales (y al tejido social): las familias. Estudiamos múltiples concepciones sobre las familias, la familias situadas socio-históricamente, las estructuras familiares, las dinámicas familiares, los tipos de familia, los procesos de familias, las relaciones institucionales con familias, lo jurídico familiar, las relaciones de género al interior de las familias, etcétera. Y nunca es suficiente: siempre hay intersecciones en la compleja trama familiar, que quedan por fuera del análisis y de la previsibilidad: pero si hay alguien entrenado como nadie, para observar asuntos de dinámica familiar, esos son los y las profesionales del trabajo social. 

"Rinoceronte" es una película que cuenta la historia de Damián, un niño de 11 años y Leandro, un trabajador social. Leandro está encargado de acompañar a Damián, en su ingreso a un "hogar de niños", en el marco de una "medida de excepción": y nos refermos aquí a las disposiciones que toma un organismo de niñez frente a situaciones de riesgo y vulneración que atentan contra el "interés superior" de un niño, niña o adolescente. 

La Peli: https://play.cine.ar/INCAA/produccion/9253

Leandro, el trabajador social de esta película, pertenece al tres o cuatro por ciento de una matrícula profesional en la que prevalecen mujeres trabajadoras sociales, a las que les corresponde el noventa y algo por ciento (dato inchequeable). Leandro es, en todo sentido, alguien extraño e inesperado para Damián. La película mostrará que el profesionalismo y la sensibilidad de Leandro es todo a lo que aspira una buena formación en trabajo social: actuar con perspicacia, con experticia y con sentido de prioridad; en el marco de toda intervención interpretar al interlocutor o "sujeto", siempre atravesado por su historia, por su narrativa, por institucionalidades y también por su deseo. Entre sus herramientas de interacción, las que utiliza para su práctica profesional, Leandro parece haberse formado al margen de todo adultocentrismo: habla como adulto, pero comprende como niño. En una figura que parecería la antítesis de todo hijo sano del patriarcado, Leandro, hombre, trabajador social, hace generar en el espectador romántico las fantasías paternizantes o paternalizadoras (si existieran tales palabras) más potentes. Pero el tiempo en el que transcurre la historia de Damián, se da encuadrado en un marco legal e institucional, y es también supervisado, desde un rol un tanto maléfico, pero poniendo en discusión una cuestión no menor, asociada a los asuntos de Estado, y a la cosa pública, en donde las acciones son o debieran ser super-visadas, evaluadas, reflexionadas o co-visadas. Cuestión que en cambio escapa o se arriesga mucho en experiencias terciarizadas o trasladadas a instituciones benéficas de "buenas intenciones". 

Leandro espera y sondea como niño, va descubriendo amigamente el dolor inevitable de Damián, que empieza abruptamente a duelar, urgido, sorprendido, amanecido, presto a abandonar su casa, por un motivo que aún no entiende.  Leandro no sólo comprende ese proceso, también lo conoce. La cuestión de los cuerpos, que registran el dolor, que se exponen, que hacen frente al riesgo, y que transcurren los diferentes espacios, es algo excelentemente presentado por el guión y la dirección de este film, que no escatima en tomas sensiblemente poéticas (hay escenas que aún me quedaron en bucle).  

Damián, como tantos otros, tantas veces etiquetados como "pequeños delincuentes" o "chicos problemáticos" que "se fugan", está tremendamente habituado a la vida en la calle, y a cómo sortear el hambre, las distancias y el sueño en una jungla tan vertiginosa e impersonal como el refugio al que llama "mi casa". En la calle encuentra almas fortuitas, que no se resisten al abandono evidente de la niñez, pero la urbanidad y la noche acechan a ese niño al que los años y el descuido le han desnudado los tobillos. Cuando llega a casa prefiere pasar por dormido, vaya a saber evitando qué tipo de tormento... Pero identifica y sostiene un vínculo significativo: su casa, su papá. No será fácil para Leandro desarmar ese hábitus, en términos de Bourdieu, en el que se construye su mundo material y simbólico. La película recorre esa paciente y dolorosa tarea que atraviesa a Leandro en su historia personal, en su trabajo, y lo tensa entre lo personal y lo profesional en todo momento, porque hay que decirlo: aunque medie un vínculo profesional, el dolor humano duele (valga la redundancia).

"Rinoceronte" es necesaria porque da cuenta de la importancia de los dispositivos del Estado -y en manos del Estado- cuando éstos funcionan bien. Esta película pone en debate por qué no se debe, empero ninguna receta internacional, o ningún capricho de gobierno, recortar (en términos presupuestarios) a las infancias: no hay profesionales de más, no hay camas de más, ni hay hogares de más. Sin embargo, hay cientos de miles de Damianes que viven secretamente oscuras violencias y abandonos, a quienes precisamos llegar y encontrar correspondencia con una red que contenga esa vida, esa historia, esa potencia. "Rinoceronte" es un film al que no le hace falta recurrir a recursos explícitos para enseñarnos que la niñez es impostergable, y si me permiten "irrecortable". 

María Jesús Bestregui
Lic. en Trabajo Social
MP 524 
majebestregui@gmail.com 



Todas las tardes del sol

He nombrado lírica e idílicamente a la biblioteca de mis padres en un poema, y es que, a falta de toda habilidad para la composición musical...