En el mundo académico, se escribe "Trabajo Social" con mayúsculas, cuando apelamos a la disciplina, cuando sugerimos formación académica y práctica profesional, excluyendo de este modo a la expresión en la que se envuelven prácticas filántropas, benéficas o clientelares. Para el Trabajo Social, las intervenciones con familias son las que requieren mayor especialización. Comúnmente, las teorías sobre familia y las prácticas de familia, corresponden al quinto y último año de formación disciplinar, luego de cuatro años de prácticas pre-profesionales, cuando ya se han revisado y se han hecho suficientes vínculos dialécticos entre teoría y práctica, cuando ya se ha revisado historia social, teoría social, filosofía, antropología social y cultural, comunidades, grupos, psicología social, psicología evolutiva, entre otras. A esas alturas también se tiene por conocido y asimilado el proceso de intervención del Trabajo Social, al menos en lo teórico, y es aquí donde se lo diferencia del mero hacer, y se lo coloca en el espacio de una intervención fundada.
En el último tramo de formación disciplinar, avisorando la cuarta y última práctica pre-profesional, es cuando nos adentramos en uno de los aportes teórico-prácticos más ricos del Trabajo Social a las Ciencias Sociales (y al tejido social): las familias. Estudiamos múltiples concepciones sobre las familias, la familias situadas socio-históricamente, las estructuras familiares, las dinámicas familiares, los tipos de familia, los procesos de familias, las relaciones institucionales con familias, lo jurídico familiar, las relaciones de género al interior de las familias, etcétera. Y nunca es suficiente: siempre hay intersecciones en la compleja trama familiar, que quedan por fuera del análisis y de la previsibilidad: pero si hay alguien entrenado como nadie, para observar asuntos de dinámica familiar, esos son los y las profesionales del trabajo social.
"Rinoceronte" es una película que cuenta la historia de Damián, un niño de 11 años y Leandro, un trabajador social. Leandro está encargado de acompañar a Damián, en su ingreso a un "hogar de niños", en el marco de una "medida de excepción": y nos refermos aquí a las disposiciones que toma un organismo de niñez frente a situaciones de riesgo y vulneración que atentan contra el "interés superior" de un niño, niña o adolescente.
Leandro, el trabajador social de esta película, pertenece al tres o cuatro por ciento de una matrícula profesional en la que prevalecen mujeres trabajadoras sociales, a las que les corresponde el noventa y algo por ciento (dato inchequeable). Leandro es, en todo sentido, alguien extraño e inesperado para Damián. La película mostrará que el profesionalismo y la sensibilidad de Leandro es todo a lo que aspira una buena formación en trabajo social: actuar con perspicacia, con experticia y con sentido de prioridad; en el marco de toda intervención interpretar al interlocutor o "sujeto", siempre atravesado por su historia, por su narrativa, por institucionalidades y también por su deseo. Entre sus herramientas de interacción, las que utiliza para su práctica profesional, Leandro parece haberse formado al margen de todo adultocentrismo: habla como adulto, pero comprende como niño. En una figura que parecería la antítesis de todo hijo sano del patriarcado, Leandro, hombre, trabajador social, hace generar en el espectador romántico las fantasías paternizantes o paternalizadoras (si existieran tales palabras) más potentes. Pero el tiempo en el que transcurre la historia de Damián, se da encuadrado en un marco legal e institucional, y es también supervisado, desde un rol un tanto maléfico, pero poniendo en discusión una cuestión no menor, asociada a los asuntos de Estado, y a la cosa pública, en donde las acciones son o debieran ser super-visadas, evaluadas, reflexionadas o co-visadas. Cuestión que en cambio escapa o se arriesga mucho en experiencias terciarizadas o trasladadas a instituciones benéficas de "buenas intenciones".
Leandro espera y sondea como niño, va descubriendo amigamente el dolor inevitable de Damián, que empieza abruptamente a duelar, urgido, sorprendido, amanecido, presto a abandonar su casa, por un motivo que aún no entiende. Leandro no sólo comprende ese proceso, también lo conoce. La cuestión de los cuerpos, que registran el dolor, que se exponen, que hacen frente al riesgo, y que transcurren los diferentes espacios, es algo excelentemente presentado por el guión y la dirección de este film, que no escatima en tomas sensiblemente poéticas (hay escenas que aún me quedaron en bucle).
Damián, como tantos otros, tantas veces etiquetados como "pequeños delincuentes" o "chicos problemáticos" que "se fugan", está tremendamente habituado a la vida en la calle, y a cómo sortear el hambre, las distancias y el sueño en una jungla tan vertiginosa e impersonal como el refugio al que llama "mi casa". En la calle encuentra almas fortuitas, que no se resisten al abandono evidente de la niñez, pero la urbanidad y la noche acechan a ese niño al que los años y el descuido le han desnudado los tobillos. Cuando llega a casa prefiere pasar por dormido, vaya a saber evitando qué tipo de tormento... Pero identifica y sostiene un vínculo significativo: su casa, su papá. No será fácil para Leandro desarmar ese hábitus, en términos de Bourdieu, en el que se construye su mundo material y simbólico. La película recorre esa paciente y dolorosa tarea que atraviesa a Leandro en su historia personal, en su trabajo, y lo tensa entre lo personal y lo profesional en todo momento, porque hay que decirlo: aunque medie un vínculo profesional, el dolor humano duele (valga la redundancia).
"Rinoceronte" es necesaria porque da cuenta de la importancia de los dispositivos del Estado -y en manos del Estado- cuando éstos funcionan bien. Esta película pone en debate por qué no se debe, empero ninguna receta internacional, o ningún capricho de gobierno, recortar (en términos presupuestarios) a las infancias: no hay profesionales de más, no hay camas de más, ni hay hogares de más. Sin embargo, hay cientos de miles de Damianes que viven secretamente oscuras violencias y abandonos, a quienes precisamos llegar y encontrar correspondencia con una red que contenga esa vida, esa historia, esa potencia. "Rinoceronte" es un film al que no le hace falta recurrir a recursos explícitos para enseñarnos que la niñez es impostergable, y si me permiten "irrecortable".
María Jesús Bestregui
Lic. en Trabajo Social
MP 524
majebestregui@gmail.com