Le dicen "generación de cristal", para referirse a las incontables situaciones en que una persona, generalmente niño, niña o joven -alguien con menos de dos décadas en esta experiencia, llamada vida- experimenta dolor emocional. Le dicen de esa manera y sentencian que el único dolor posible es el del puño, el golpe, el garrotazo, la caída, aunque ese último tampoco, no debe doler, entonces ¿habría que aguantar o negar? Se niega el dolor emocional y el padecimiento mental, se niegan la soledad y el miedo, y con eso se habilita la palabra hiriente, la burla, la negación, el desprecio, la segregación, el ataque. ¿Qué más? ¿Qué más es preciso para entrar en el mundo de los aptos? ¿A qué otra cosa debemos hacer de necios, que no nos duele, que no sangra? ¿Por dónde brota todo el dolor no dicho?
Después hay oraciones y espanto porque bombardean un pueblo, por los niños huérfanos, por las piernas amputadas, y nadie se explica cómo el ser humano alcanza tremenda insensibilidad y ambición, nadie. Se esbozan creencias religiosas, intereses económicos, se hacen recuentos de los feed backs del horror, de los ataques de antes y de los de después. Pero ninguno de los que le dicen a los niños, "generación de cristal" se cuestiona dónde empieza a naturalizarse la invasión sobre el otro, atentar contra el otro, con el palo o con la palabra.
Vayan para ustedes, sabedores de cómo constituirse un ser "apto" para esta maquinaria de autómatas, en la que quieren convertir al género humano, este escrito sustancial:

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