Voy a hablarles desde mi
experiencia, de mujer a mujer sobre un proceso sumamente transformador, y del
que poco se habla. Hace un año y medio
exactamente cuando había dado a luz a mi hijo por un parto natural sin
complicaciones, mis primeras semanas junto a él transcurrían en mi
casa-madriguera, acompañada de mi familia. Me había propuesto con
buen tino dejarme ayudar, y recuerdo que además de atravesar toda una
revolución interna, en contacto con mi naturaleza mamífera, el proceso
fisiológico de recuperación es algo de lo que prácticamente nunca había odio
hablar, y me encontraba viviéndolo en carne propia. Existía por el contrario
una especie de silencio y mito acerca de cómo se recupera una mujer de un parto
natural, como si el posparto fuera una segunda saga del mandato patriarcal
“parirás con dolor”. Ciertamente -no voy a negarlo- hubo dolor e incomodidad, y
llegaban ideas oscuras que me hacían creer que nunca más recuperaría la salud de mi
suelo pélvico, la posición de mis órganos, la salud de mi piel, mi fuerza... nada más ni nada menos que después de un trabajo de parto!
Por entonces leía el libro de
una yoguini llamada Sharmila Desai, que había llegado a mí a través de Rocío, una
hermosa yogui y amiga. El libro se llama “Sadhana Yoga For Mothers” tenía esa gran herramienta para desarrollar mi
práctica de yoga, que no había discontinuado sino que se había transformado.
Estoy cien por ciento segura que si le preguntara a una yoguini madre si ha
dejado de practicar yoga, tomaría una
pausa y respondería que en realidad no. Sadhana es una práctica espiritual, en
occidente siempre que hablamos de práctica espiritual se disparan proyecciones
mentales de todo tipo, sin embargo Sharmila Desai demuestra en este hermoso
libro a través de entrevistas, experiencias y relatos, que practicar sadhana en
esta etapa adquiere formas muy diversas. En mi experiencia, dos semanas luego
de dar a luz, comencé a generar un espacio para la práctica de asanas, buscando
silencio y contacto conmigo misma, así fuera por el breve momento hasta que el
bebé rompía en llanto. Paulatinamente mi cuerpo comenzó a fortalecerse, la
salud de mi piel y de mis órganos era excelente, no hubo complicaciones con mi
sistema circulatorio, mi metabolismo y mi sistema inmune estaban fortalecidos. Ponía especial observancia en la alimentación de nuesrtos cuerpos, sentía que de una manera u otra el cordón seguía presente, la lactancia materna hacía de cordón umbilical, como vínculo biológico, energético y emocional. Fue
durante el período de vuelta al trabajo (tres meses después de dar a luz) cuando
experimenté las crisis más potentes: mi cuerpo lo decía a través de síntomas
como dolores de cabeza, erupciones en la piel, infecciones en la garganta, el
bebé incluso comenzó a tener síntomas similares. Encontré la fortaleza y el
enclave mental en mi familia (la séptima serie de ashtanga) y en mi práctica. Poco
a poco fui des-andando lo que había aprendido en la práctica de asanas, volviendo
a lo más básico y sutil… recuerdo esos momentos con mucho amor, con mucha
emoción. Para alguien tan sujeta a su práctica física, era fuerte encontrar que no podía mantenerme en chaturanga ni por un segundo. Entonces, el sentido mismo de la práctica de yoga cambió, la experiencia de la maternidad sacudió mis valores, mis esquemas, mi ego. Tenía un
niño por atender, por mimar y por alimentar; al mismo tiempo la relación con mi
pareja se reconfiguraba. Contar con las experiencias de mujeres yoguinis colaboraron
de sobre manera contrarrestando el silencio y el mito.
Existe un duelo que las mujeres
hacemos al “dejar la panza”, y consiste reencontrarnos con nuestro cuerpo,
sentirlo, tocarlo, lavarlo, aprender a administrar nuestras energías, poder
decir lo que nos pasa, aprender a pedir lo que necesitamos… Todo pasa a través de nuestro cuerpo, como un
gran codificador, y todo aquello es un re-conocimiento que hacemos en lo más
íntimo, y que nos lo debemos permitir en un trato amoroso y compasivo con
nosotras mismas. Nuestra naturaleza es sumamente poderosa y la recuperación es
un proceso natural (claro está, siempre que nos refiramos a condiciones
favorables de la mujer y su cría, siendo acompañadas y respetadas). Sin
embargo, tenemos el derecho de hacernos la sana pregunta ¿qué pasa con mi
cuerpo ahora? ¿Qué pasa con lo que siento? ¿Qué quiero, qué necesito? ¿Cómo
vivo mi sexualidad? En torno al proceso fisiológico he descubierto como muchas
otras yoguinis que la práctica de asanas (posturas) de yoga colabora muchísimo
con esa recuperación, y ni decir en torno a aquellas mareas mentales en las que
solemos andar. Esto sin lugar a dudas favorece el vínculo con el bebé, porque lejos
de todo egoísmo, asumimos que también tenemos necesidades, cultivamos el amor
propio, también en esta etapa, en medio de procesos de vida/muerte/vida. Oí hablar de este período como una especie de
gestación extrauterina, y estoy sumamente de acuerdo al observar la correlación
entre la salud y el bienestar de ambos seres en aparente autonomía. También me
gusta hablar de este período como el “tiempo sin tiempo”, salvo porque el sol
se pone y luego se esconde, no hay demasiada noción de un factor que comúnmente
está digitando la vida moderna. Estoy convencida que cada mujer que ha dado a
luz de la forma que sea, merece un espacio para sí misma, merece apoyo y contención,
experimentar el tiempo sin tiempo, lejos de los ruidos, y la abrumadora
cantidad de imágenes que le dicen lo que debe ser y hacer. Por eso me gusta la
metáfora de la madriguera, una madriguera no es un lugar para siempre, es un
recurso momentáneo. La valoración de todos estos aspectos son un territorio que
poco a poco vamos recuperando, en diálogo y tensión con sistemas productivistas
que nos han igualado al lugar de engranaje y que hoy nos permitimos repensar y
reconstruir.
♥
Compartí amorosamente con aquella mujer que esté atravesando ese momento
♥
Escribe María Jesús Bestregui
Para: Prana – Espacio de Yoga


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